Martes, 19 de abril de 2005
Otra vez el perro se cagó en la cocina. La primera vez que se cagó, fue en una madrugada calurosa; yo volvía de alguna otra mala salida porque estaba con Julia en la cocina, hablando boludeces de alto vuelo seguramente. Mm, che, tu perro se cagó. Que cagada, dije mientras tragaba el último resto de coca-cola que quedaba en el vaso. Ahora, en un rato lo limpio, cuando se haya enfriado. No me dio tiempo. Mi perro se empezó a comer su propia mierda.
Esta noche, después de limpiar su mierda con la bolsa del Disco, lo saque a pasear. Antes de salir, me prendí un cigarrillo, me pareció más glam. Lo lleve hasta la esquina y me senté, el también. Parecía contento. Solo había calor en la calle. Nada más. Del edificio de enfrente, creí escuchar una fuerte discusión. Levanté la vista del adoquinado fosforescente, el edificio irradiaba estelas violacias, parecían várices. Así estaba yo, haciendo esquina en algún punto de Buenos Aires, escuchando por líneas el noticiero del vecino, mientas esperaba con el cigarrillo quebrado que Cary Grant me pasase a buscar. En esos autos descapotables, pensé y solté con estilo la última bocanada que me quedaba. Dejé caer la colilla y la deje consumirse frente a mis ojos.
Hace cinco minutos que se apagó la última brasa. Sigo mirando el piso desde entonces. No hay viento que mueva las hojas. Ni sombras. Sólo queda la tele y el respirar cansado de mi perro. Fijo mis ojos en el farol que sostienen los diversos cables que conectan las cuatro esquinas. Fijo mi vista en él hasta encandilarme. Vuelvo al adoquinado. Te aburrís, Luz. Te aburrís esperando y esperas aburriéndote. Me levanto. Me gustaría tajear esta noche, troquelarla y abollarla con mis manos, para después tirarla en la bolsa de Disco junto con la mierda de mi perro. Arriba Sadu, mejor vamos a ver tele en casa.
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